Los que dialogaban se acaban de parar de la mesa y en la
radio están contando cómo hacer una lasagna.
Siento crecer el familiar pánico y de nuevo quiero echar a
correr.
Quiero esconder a los que amo,
quiero hacerlos invisibles. Quiero poner de escudo toda mi piel, para que nada
los toque, para que esta estupidez no se los trague.
¿Es posible huír? Ningún lugar quiere realmente acogernos, a
nosotros y a nuestro vapuleado pasaporte. A donde vayamos seremos extranjeros,
advenedizos, indeseables, colombianos.
Pero, como tantas veces, respiro profundo, estrangulo al
miedo y me repito:
Así has vivido toda tu vida.
La burbuja resistirá, como lo ha hecho, ante las bombas de
hace veinte años, ante las motosierras de hace diez, ante las balas caprichosas
de las esquinas de esta ciudad de soles implacables.
Así creciste y así te hiciste fuerte. Así crecerán tus hijos
y se harán fuertes también.
No hables mucho, no respires fuerte, no te hagas envidiar de nadie. No te notarán,
como nunca hasta ahora te han notado.
Este es tu país, y vas a seguir trabajando por hacerlo
mejor, a pesar de todo. Y vas a seguir hablando cuando se pueda y callando
cuando toque. No, mente, te prohíbo que te subleves y me grites que las
fronteras son inventadas. Los que las inventaron las inventaron bien. Y son
poderosas, y de alguna extraña manera se han convertido en lo que nos define.
Y recojo mi estropeada esperanza del suelo, la medio limpio
con un trapo que ya está gastado de tanto limpiarla, me seco la comisura de un
ojo estúpido que sigue creyendo en los milagros y sigo haciendo lo mejor que
puedo lo que mejor sé hacer. Y así pasa un día más.